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¿Qué es el Síndrome de Homer?

No hace mucho os hablábamos de la química que hay en nuestro cuerpo a lo largo de toda la etapa de noviazgo. Toda esa segregación de hormonas “a granel” hace que nos sintamos eufóricos. En términos generales, el noviazgo es el mejor momento de la relación: no hay responsabilidades, ni cuentas, ni grandes preocupaciones. Estamos enamorados y lo único que hacemos es divertirnos juntos, beber el uno del otro. Dejarnos llevar por los besos, las caricias, las miradas, los cines de sobeteo, etc. Pero, como siempre, todo eso se acaba.

Llega un momento en el que nuestro cerebro deja de segregar tanta cantidad de hormonas, por lo que baja ese estado anímico. Además, otra cosa que hace que todo esto desaparezca –y en su mayoría lo hace de un plumazo- es el compromiso. No nos referimos al compromiso de “Oh! Somos pareja”. No, no. Hablamos del compromiso serio, de ese en el que ya se empieza a compartir mucho más que momentos y mañanas juntos sueltas a lo largo de las semanas. No referimos a ése momento en el que empezamos la convivencia, ya sea casándonos, siendo novios o pareja de hecho. En ése temido momento es en el que cambia completamente la percepción, sobre todo del hombre. Dejamos de comportarnos como somos para asumir un nuevo rol: “marido de” y “mujer de”. Y es ahí cuando, desgraciadamente, empieza el “Síndrome de Homer”.

Síndrome de Homer

 

Os preguntaréis qué narices queremos decir con lo del SH –“Síndrome de Homer- pero tampoco hay que ser un erudito para saber de lo que estamos hablando. Las cervecitas, las tapitas del bar, las escapaditas con los amigos, etc… Empiezan a acumularse en la zona abdominal creando un gran y bonito flotador. El entusiasmo se pierde, ya no se quiere sorprender a la pareja, sino que se espera a que esta pueda sentarse en el sofá, cerveza en mano. Se duerme más en vez de aprovechar el tiempo en pareja… Se cae en un círculo vicioso de tirar por la borda todo lo que hemos construido anteriormente.

Los 4 principales síntomas del Síndrome de Homer

Para dejároslo más claro, a continuación os dejamos los síntomas del hombre que sufre el Síndrome de Homer.

Deja de cuidar su apariencia y sus modales

Es decir, se suelta con el peso y con los pedos, sobre todo con los pedos. Ése ya sí que es el inicio del fin. Un pedo le quita el romanticismo y la belleza a toda pareja. Es cierto que la mujer también lo hace, pero el hombre tiende a hacerlo más rápido. Mantenernos atractivos y agradables para nuestra pareja juega un papel importante en el deseo sexual y en el gusto general que tenemos el uno por el otro. Estos dos aspectos se cuidan celosamente en el noviazgo, ¿por qué no en el matrimonio? Y así es como se llega al punto de que en verano, el hombre acabe tirado en el sofá, en gallumbos, con su bonito y encantador flotador y la cerveza apoyada en él. Muy Homer, sí señor.

Duerme en exceso cuando está con la pareja

“Es que me relajas” dicen, como si su pareja fuese una manzanilla. Señores, ¿¡pero esto qué es!? No puedes decirle eso a tu pareja, eso es dinamitar su autoestima cuando está contigo. Es una muestra de poca valoración por vuestra parte. ¿Por qué? Pues porque, a la misma hora, en la misma postura y situación si hay fútbol o “timbita” con los amigachos, no hay sueño, ¿no? ¡Pues con tu pareja menos! El momento que compartes con tu pareja tiene que ser activo y divertido. Y sí, a divertido nos referimos a que debe estar lleno de sexo.

Se acomoda

Deja de esforzarse y así sin más, acabamos sumergidos en un bucle de aburrimiento y dejadez constante. Ver la TV constantemente o dormir con tu pareja NO es divertido. O deja de serlo cuando es lo UNICO que haces. Si en el noviazgo tenemos comunicación, ¿por qué ha de desaparecer en el momento de vivir juntos? ¿Cómo conquisto a la mujer? Con esfuerzo. Hablo, la escucho, la saco a pasear, a hacer cosas bonitas, la piropeo. Todo esto se acaba cuando el hombre casado se acomoda.

No quiere hablar de problemas

Partiendo de la base –realista- de que los hombres –en general- huyen despavoridos ante los reproches y los problemas, cuando conviven con su pareja es como si Satanás se hubiese plantado delante de ellos. Y entonces ya… es el declive del declive. “Todo son reproches”, “¿para qué vamos a hablar?”. No toma en cuenta las incomodidades de su pareja, ni siquiera se interesa por saber qué le preocupa al final del día. Si durante el noviazgo sí se hacía, ¿qué es lo que ha pasado para que esto no suceda más? ¿Un tren a arrollado tu interés y lo ha dejado tirado ahí, en las vías, medio moribundo? El secreto está en que, por muy igual que te den sus “tonterías” –o lo que a ti te pueden parecer tonterías- es que hagas como que la escuchas, que le demuestres un poco de apoyo. Sé un caballero, no un Homer.

¿Por qué pasa esto? Pues muy sencillo. Porque la creencia errónea de que cómo ya he formado la situación –ya sea viviendo juntos o casándoos-, ya no tengo que hacer esfuerzo porque el matrimonio es para siempre por tanto no existe la posibilidad de que la persona me deje. ¡¡¡ALERTA, ALERTA!!! Mal. Muy mal. Est errónea creencia es lo que hace que cada día se produzcan más divorcios, ya que tanto hombres como mujeres, desarrollan malos hábitos y pasa lo que pasa. Ése tipo de pensamientos es algo que nosotros prohibimos totalmente. Una pareja nunca deja de crecer, de florecer, por eso no se puede dejar de cuidar, de regar y de mimar. Si se pierde lo que se dio al principio, es cuando caemos en la sensación de estafa. Así que… Señores, ya sabéis: más hombre y menos Homer.

Sed malos.

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